Lunes por la madrugada

 

 

COPA America Final - Argentina vs Chile
La Pulga falló la pena máxima, algo que no había sucedido en otras definiciones desde los 12 pasos.

Por Leo Timossi (leotimossi@hotmail.com)

Messi erró un penal decisivo. Llora, pero ya no conmueve esa imagen. Se vio muchas veces. Chile volvió a consagrarse, de igual manera que el año anterior. Como un recursante eterno, Lionel es la cara de una frustración que alcanzará los 25 años en el Mundial de Rusia.

No jugó un mal partido el 10: probablemente haya sido su mejor producción en una final con la camiseta albiceleste. Pero eso es anecdótico. Las reglas del juego rezan con claridad que todo lo que hizo Messi este torneo, todo lo que se dijo de él en la previa del partido de anoche, ya no existe ni sirve de nada.

Entonces La Pulga entra desconsolado a un vestuario que mucho tiene que ver con un velatorio y su panorama empeora. Y no hay nadie que pueda consolarlo, porque la AFA no tiene dirigentes que lo acompañen (en esta a Don Julio la tortuga no se le escapaba) y evidentemente Martino, también derrotado, no pudo o no supo hablar con sus jugadores, desconociendo en conferencia un ánimo de bandera blanca que pintó el cuadro del vestidor de la Selección.

Hija de ese dolor, de la desazón, del desconsuelo sin revancha, nace la decisión primaria de Lionel Messi de no volver a ponerse la celeste y blanca. Y la de sus compañeros, claro, pero conmueve más la suya. Por lo inesperada, por lo que significa: si es un fracaso perder tres finales consecutivas (cuatro en total, con Venezuela 07) imagínense de ahora en más no jugarlas. Esa será la realidad para Argentina: sin Messi es un cuadrito. Si realmente abonan a la romántica idea de que “sin jugadores millonarios” (más o menos, la realidad económica del futbolista profesional de primera, incluso en este país, sigue siendo ficticia en la realidad del laburante promedio) la Selección recuperará el hambre de gloria, pues buena suerte. Pero sería un mal ejercicio del periodismo no destacar que difícilmente prescindiendo de sus estrellas Argentina vuelva a jugar un mundial.

Porque esto, señores, está lejos de ser una renovación; no es la piedra fundacional de un futuro mejor: es la mampostería que se empieza a caer a pedazos de un fútbol argentino diseñado en un todo por dos pesos.

Es muy probable que Lionel Messi, más temprano que tarde, revierta su postura. No es una información, es una lectura: ahora está cansado, frustrado, triste y culpable. Estaba destinado, para bien o para mal, a ser tapa de todos los diarios. Hoy el rosarino siente que puede escaparse del foco diciendo adiós. Una reacción lógica, personal, pero de reflexión incorrecta.

Porque Messi no es libre. Ya nunca lo será. Aun así decida no volver a empilchar con la ropa de la Selección (que problema para Adidas, principal sponsor de las dos caras de la moneda) nunca podrá escapar al cuestionamiento de la prensa, a las constantes preguntas, a la etiqueta eterna de perdedor. Y sobre todo, no podrá con su propia conciencia.

A lo mejor le llevará un tiempo entenderlo. Quizá su figura se transformará (contra su voluntad) en un fantasma que sobrevuela el predio de Ezeiza persiguiendo entrenadores y compañeros. Pero va a volver. Puede el lector estar seguro. No está en la naturaleza de un chico que a los once años se inyectaba jeringas en soledad rendirse, por oscuro que hoy parezca el firmamento.

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